LEYENDO EN EL LUGAR, de Mark Strand
The Continuous Life, 1990. Traducción del inglés y comentario, Mario Grande.
Poema
Imagina un poema que se abre con una pareja
que observa un valle y ve su casa, detrás el césped
con sus sillas de madera, sus manchas de verde umbrío,
y, tras la cerca, las ondas plateadas
del estanque local, bordeado por una mata de zumaque,
carmesí a media luz. Imagina ahora alguien que lee el poema
y piensa: “Nunca hubiera imaginado que fuera así”.
Luego lo coloca detrás de un libro mientras la confiada
pareja, con la sensación de no haber perdido nada, ni siquiera
el trazo blanco de la cola de un pájaro carpintero que llama su
atención ni el leve
balanceo de las hojas al viento, dirige su mirada hacia el
penacho arbolado
de una colina cercana donde cae el manto violeta del anochecer.
Pero el lector, de paseo por la noche otoñal, con todos
los sonidos de la naturaleza prisioneros muriendo a su
alrededor, olvida
no solo el poema, sino dónde está y
en cambio piensa en un desazogado espejo veneciano colgado de un salón
junto a una escalera curva y en cómo las estrellas del cristal
negro del cielo naufragan y el mar las arroja a la orilla como espuma.
Pasan sin rumbo tantas cosas por las ventanas siempre abiertas de
cualquier sitio
que no puede acordase de quién era la casa ni cuándo estuvo allí.
Imagina ahora que está sentado bajo una lámpara
y saca un libro del estante, el poema cae
en su regazo. La pareja está atravesando un campo
camino de su casa, con la misma sensación de no haber perdido
nada
y de que seguirán viviendo sin zozobras, protegidos
por el ambarino momento del crepúsculo. Pero cómo conocerá el lector
especialmente ahora que vuelve a colocar el poema, sin mirarlo,
en el libro, el libro donde el poeta contempla el cielo
y dice a la página en blanco: “¿En cuál, en cuál parte del cielo estoy?”
Comentario
Leyendo en el lugar, de Mark Strand, es un poema siempre me ha intrigado.
El poeta interpela al lector para que se imagine leyendo un texto con personajes que actúan. Seguidamente, el poeta invita al lector interpelado a que imagine alguien que lee ese poema y lo guarda entre libros de un estante mientras los personajes del poema siguen su vida. Y el lector imaginado olvida y recuerda imágenes del pasado. El poeta invita al lector interpelado a que imagine que ese lector imaginado y olvidadizo que colocó el poema en el estante lo encuentra por casualidad y lo devuelve a su sitio sin leerlo mientras los personajes del poema siguen su vida. El poeta se pregunta cómo conocerá el lector (olvidadizo cuando lee y más ahora que no lo ha leído) el libro que dice dónde estoy… ¿A cuál de los lectores se refiere el poeta, al interpelado o al imaginado y olvidadizo? ¿A sí mismo?
Al mismo tiempo, la confiada pareja de personajes del poema, leídos o no, tal vez un eco irónico de Milton (I, 106) siguen con los momentos de su vida. Un poco al modo de los personajes de los cuadros de Edward Hopper. En este sentido, tienen más realidad que los lectores. Su eternidad es su experiencia.
El poema contiene una carga visual tan intensa como fugaz: primero, colores apenas entrevistos; luego la imagen de la ventana siempre abierta; finalmente el contraste entre el recuerdo del espejo desazogado y el cielo nocturno, resuelto por el mar y la playa; y la lámpara que no ilumina.
Da la impresión de que el sentido profundo del “lugar” que figura en el título del poema es lectura entre dos oscuridades, mostradas a base de contrastes.