Un beso dado más tarde (Premio de Novela de la Asociación Portuguesa de Escritores) pasa por ser el más autobiográfico de los libros de Llansol, a la vez que constituye la primera dramatización de su mundo estético. El descubrimiento de que su padre había tenido un hijo (abortado) con la criada hace brotar en la autora/narradora la figura de Témia (¿temor, justicia?) “la muchacha que temía la impostura de la lengua”. De ahí la necesidad de una nueva lengua sin la impostura de que no puede haber reproducción legítima fuera del matrimonio y, si la hay, contra la impostura de silenciarla, ocultarla y matarla por prejuicios patriarcales.
En realidad este es también el tema principal del libro: depurar la memoria de la lengua heredada, (des)aprender la lectura y la escritura. Llansol se aparta de la estética realista: no hay representación de la realidad ni narrativa lineal, sino “escenas fulgor”. No hay personajes, sino “figuras” que constituyen los nudos constructivos del texto (Témia, Pessoa transmutado en un Aossé fragmentario) convocando también a objetos inanimados, como la estatuilla de Ana enseñando a leer a Myriam. No hay lectura descifradora, en un texto concebido como un cuerpo que afecta a otros.
Un beso dado más tarde (Premio de Novela de la Asociación Portuguesa de Escritores) pasa por ser el más autobiográfico de los libros de Llansol, a la vez que constituye la primera dramatización de su mundo estético. El descubrimiento de que su padre había tenido un hijo (abortado) con la criada hace brotar en la autora/narradora la figura de Témia (¿temor, justicia?) “la muchacha que temía la impostura de la lengua”. De ahí la necesidad de una nueva lengua sin la impostura de que no puede haber reproducción legítima fuera del matrimonio y, si la hay, contra la impostura de silenciarla, ocultarla y matarla por prejuicios patriarcales.
En realidad este es también el tema principal del libro: depurar la memoria de la lengua heredada, (des)aprender la lectura y la escritura. Llansol se aparta de la estética realista: no hay representación de la realidad ni narrativa lineal, sino “escenas fulgor”. No hay personajes, sino “figuras” que constituyen los nudos constructivos del texto (Témia, Pessoa transmutado en un Aossé fragmentario) convocando también a objetos inanimados, como la estatuilla de Ana enseñando a leer a Myriam. No hay lectura descifradora, en un texto concebido como un cuerpo que afecta a otros.