Una lectura chicana: Bless Me, Última, de Rudolfo Anaya

Mario Grande, traductor de Maria Gabriela Llansol y autor de El libro de los abedules, nos habla de su última lectura.

Una relación especial

Cien años después de la anexión del territorio  por Estados Unidos, Antonio Juan Márez (la zeta suena ese) y Luna va a cumplir siete años en Guadalupe, Nuevo México, poco antes de que termine la guerra contra Japón, en la que participan sus tres hermanos mayores, mientras él sigue en el pueblo con sus padres y dos hermanas. Su padre Gabriel ha sido pastor de ovejas, vaquero y ahora trabaja en la construcción de la autopista, soñando todo el día con emigrar con sus hijos a la nueva tierra prometida: California. Su madre María sueña con que sus hijos se hagan agricultores y Antonio Juan llegue a ser sacerdote católico, como su antepasado, el fundador de Puerto de Luna, donde viven su abuelo Prudencio y sus tíos Pedro, Juan, Lucas y Mateo.

La familia Márez Luna acoge en su casa a la anciana curandera Última la Grande, acompañada de su búho, por un deber de hospitalidad. Fue la comadrona en el nacimiento de Antonio y mantendrá con él una relación especial, que le servirá para descubrir el mundo y hacerse preguntas.

Foto de B. Kane de Pexels

La herencia de los chicanos

La lectura de Bless Me, Última pone de manifiesto una realidad rica y contradictoria. En primer lugar, echa por tierra el mito norteamericano del melting pot, expresión que no puede ocultar el dominio excluyente de los WASP y la cultura anglo: en la novela iglesia y escuela imparten sus enseñanzas en inglés. Los protagonistas de la novela son chicanos y, cien años después de la anexión por Estados Unidos, siguen constituyendo uno de los escalones inferiores de una realidad aparte, si bien en continuo crecimiento. Pero quizá lo más relevante sea la reflexión que Anaya propone sobre la herencia de los chicanos. No se trata simplemente de migrantes no asimilados, porque las tierras del suroeste de Estados Unidos tienen una historia compleja. Las naciones pueblo, comanche, apache, lo que hoy llamamos americanos nativos mantuvieron una difícil relación con Nueva España, con México y con Estados Unidos sucesivamente durante más de tres siglos, hasta ser definitivamente derrotados, exterminados y confinados en reservas. En ese tiempo, el mestizaje entre conquistadores, colonos y nativos fue una realidad contradictoria. El personaje del indio de Jasón, la maldición comanche en casa de Téllez y la bella leyenda del dios Carpa de Oro que recoge Anaya en Bless Me, Última reflejan la presencia de los nativos americanos en la región y en la memoria colectiva. Los chicanos son portadores de esa herencia. Por otra parte, su origen es mexicano, por lo tanto, también mestizo de indígena y español. La aportación indígena es visible a lo largo de la novela en la significación del agua que rodea la tierra, la tierra, el viento, la luna, el río, los muertos, los gigantes, el papel que desempeñan los sueños, el alma de los seres vivos y las cosas. En la fuente del conocimiento de Última en un hombre «volador», quizá eco del antiguo ritual de fertilidad prohibido por los misioneros católicos. En la propia inquietud de Antonio por la trascendencia, que recuerda el mito de Quetzalcóatl en busca de Tlillan Tlapallan, el lugar de la sabiduría. La aportación española, además del idioma y demás efectos de la conquista, se concreta en la religión católica expuesta en la catequesis del padre Byrnes, basada en el miedo al juicio final y la intolerancia. El mestizaje, más bien el anhelo de mestizaje, queda de manifiesto en la significación de la muere, la Llorona; en la Luna-Virgen de Guadalupe y su manto de estrellas (la Vía Láctea); en las preguntas que se hace Antonio sobre la vida y la muerte, el bien y el mal, ya que las respuestas de la iglesia y la escuela no le satisfacen; en la posibilidad de síntesis o sincretismo entre la luna, el mar, el Dios cristiano y el dios Carpa de Oro, apuntada por los dichos y hechos de Última.

Foto de Regina Tommasi de Pexels

Otras posibilidades

Una herencia rica y compleja, la de los chicanos, como para despacharla con el adjetivo excluyente de «étnica», que vale tanto como decir arcaica, superada, indeseable. Es verdad que la novela incorpora mitos, pero eso no tiene (o no solo tiene) que ver con la tan traída y llevada identidad, la otra cara de la moneda de la construcción del otro. Por ejemplo, los espíritus de comanches a quienes no se hizo el funeral adecuado, que supuestamente causan la desgracia de Téllez ¿no recuerdan, entre tantos otros ejemplos literarios, al espectro del padre de Hamlet? Porque los mitos fundamentales de Bless Me, Última llevan a interpelar, a sugerir otras posibilidades de convivencia y relación con la naturaleza: una actualización del «quinto sol», que ni siquiera la pavorosa y cercana prueba nuclear de Alamogordo (de la misma potencia que la que devastó Nagasaki), a la que se alude en la novela, llega a poner en entredicho. No hay apocalipsis inaugural de la eternidad, sino que ya vivimos en un ciclo infinito.    

Y recuerda:

Si te interesan otras culturas, Mario Grande te habla del río-mundo de la escritora portuguesa Maria Gabriela Llansol, y de las excepcionales mujeres rusas que inspiraron El libro de los abedules.


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